lunes, 3 de octubre de 2016

La Ley de Causa y Efecto II*


Ahora: 
y esto es importante que lo recuerdes en todo momento.

Cuando la persona se da cuenta de que las fabricaciones de su mente son tan importantes que rigen su destino y hasta el destino de los demás; cuando realiza que todos sus decretos se manifiestan y que nadie, absolutamente nadie sino él mismo puede ser culpado por lo que a él le ocurre, se llena de pánico, y hace lo de siempre: buscar a quien culpar, a quien saltarle el castigo. ¿Qué ocurre? Que se le suelta el cuerpo la materia, achacándole toda la responsabilidad, y procede a castigarle de la forma más inmisericorde. ¿Cómo?
No me lo van a creer…con todas las antiguas flagelaciones y torturas a que se sometían los “santos y mártires”, por que eso lo tiene archivado el subconsciente desde épocas remotas del Cristianismo. Claro está que nadie toma un látigo en la mano. Ya eso no se estila. Pero si procede a torturarse mentalmente. Procede a vigilarse como una policía ya decirse “¿No ves?” ¡Ya caíste otra vez! ¡Ya lo volviste a hacer! ¡Ya vas a volver a sufrir las mismas consecuencias!”
Por supuesto, como esto es un decreto, ¡vuelven ocurrir las mismas consecuencias! No solamente, sino que se le ha ofrecido un poder de “carta blanca” a una forma mental de culpabilidad, fabricada especialmente, para que continúe torturándolos a cada desliz y que no nos deje adelantar.
Cada vez que te encuentres atajándote, castigándote, engañándote, con las resultantes torturas, acuérdate que basta con SABER QUE HEMOS PECADO (para usar la frase católica a que estás acostumbrado). AL SABERLO, quiere decir que ya estás consciente del Bien y el Mal. Ya es sólo cuestión de tiempo, y no mucho tiempo para que tu subconsciente te ataje antes de cometer el mismo pecado de nuevo.
Es el principio de la Confesión. “Pecado confesado es medio perdonado”, pues la confesión católica no ha tenido sino un solo propósito: el de hacernos conscientes de cuándo hemos cometido una infracción. El perdón del sacerdote es nominal.
El que realmente perdona es el Cristo Interior. El que nos dirige es El. El que nos va guiando y enseñando es también El.
Todo lo que tienes que hacer es decirte y repetirte mentalmente: “Mi yo Superior, que es el  Cristo perfecto en mí es el encargado de irme conduciendo sin torturas hasta mi Ascensión”. Y una vez que hayas realizado, meditado y comprendido esto ya no vuelves a “pescar” voluntariamente, y se te abren las primeras puertas del Cielo, ya que todo esto comprueba que has puesto toda tu buena voluntad, y el Maestro más grande de todos los tiempos: Jesús, lo dijo…”Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad”.



Paola Wlack.

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